A nuestros hijos se les educa a través de cuatro pilares: el intelectual, el físico, el emocional (psicológico) y el social. En las aulas (y en la calle con los amigos), los chicos más listos tienden a ser excluidos por otros niños de muchas actividades: sencillamente no se cuenta con ellos. Son “los raros”, “los geeks”, los inadaptados sociales. Dicho de otra forma: no se pueden desarrollar socialmente tan bien como lo hacen intelectual o incluso físicamente, porque no tienen la oportunidad de hacerlo.
Su desarrollo emocional también se queda atrás con respecto al de una “persona normal”, al no enfrentarse en su vida con una serie de situaciones y vivencias con las que si se suelen topar el resto de personas (el trato con los amigos, las primeras relaciones de pareja, discusiones, problemas, alegrías, etc…).
Fuente: http://javimoya.com/blog/…
He tenido la oportunidad de comprobar, como cualquier otra persona que ha sufrido la educación secundaria, cómo se desprecia sistemáticamente a cualquiera con conocimientos intelectuales (ligeramente) por encima de la media, y cómo se alaban los logros deportivos o sentimentales. Señores, la cultura yanqui ha conquistado nuestros corazones. O a lo mejor solo es la cultura de la mediocridad (experimento Polgar). En cualquier caso, es estúpido el desprecio/incredulidad que genera un estudiante con buen expediente académico entre sus compañeros de clase (¿envidia malsana?), y la admiración profana que se respira en torno a un figurín del deporte o a un don Juan yogurín. Si reflexiono sobre ello, llego a la conclusión de que la gente no perdona la superioridad intelectual, pero en cambio no tiene problemas para aceptar buenos resultados en deporte, por ejemplo. ¿Por qué? Seguramente se ha escrito mucho sobre ello, pero yo no lo he leído, así que cuento con la libertad suficiente como para especular sobre ello, y buscar luego información si me veo con ganas.
*Pausa para tomar un descanso*
Puede que exista la impresión generalizada de que cualquiera puede mejorar su rendimiento físico, y en cambio, lo que tiene que ver con lo intelectual se antoja más escurridizo o más genéticamente determinado. Así que, por favor, trata de no insultar a los demás demostrando tu capacidad mental y aprende a respetar que preferimos destacar en otras cosas (que no implican ser avergonzado socialmente). O, dicho de otro modo, los hay que prefieren invertir su tiempo en un crecimiento social -personas listas- en contraposición a los que buscan una maduración intelectual -personas inteligentes-. Y cualquiera de las dos opciones me parece igualmente respetable; yo no soy quién para juzgar, siempre y cuando tampoco lo hagan conmigo.
Otra circunstancia que puede tener su importancia en este asunto es la valoración social de unos y otros; si los niños son el reflejo de la sociedad en la que viven, y lo son, parecen sentir mayores deseos de emular a los héroes (deportivos, cinematográficos, artísticos…) que a los científicos. Trasladándolo a su propio terreno, en el insti se aprecia mucho más al buen deportista que al buen estudiante. No hablo solo de una preferencia, claro; existe un manifiesto desagrado hacia los que consiguen los mejores resultados académicos por el solo hecho de alcanzar ese rendimiento. Qué absurdo y sin embargo, qué frecuente situación. Personalmente, sí, he sido una empollona, y si debo ser totalmente imparcial, he de admitir que aprovechaban (aprovechábamos) cualquier ocasión para reírse de quien fuera. Los motivos eran lo de menos. Pero… había algo distinto en una burla hacia el guay y otra hacia el que no lo era tanto. Más que nada porque en el 2º caso la broma la provocaba ¿una buena calificación en un examen?
Sea como fuere, no tiene sentido la aversión que se desarrolla en las aulas hacia los cerebritos, como tampoco lo tiene muchas otras cosas en la vida. Esta es una de tantas, solo que esta en particular me hace hervir la sangre.
