
House dice: “La gente no cambia”. Yo diría: “La cáscara se renueva; el interior, pútrido siempre, permanece”. Uno puede pensar: “No es posible, yo he mejorado, al menos he conseguido dar pequeños pasos en buena dirección”. ¿Seguro? Yo, por ejemplo, me encerraba en el baño para que mis padres no me obligaran a bajar a por el periódico. Años después, cierro la puerta de mi habitación para no oír el ruido de la existencia. Los motivos cambian, las situaciones varían y se suceden, y la esencia permanece. O poco más o menos.

Il pleu. Pluviando, pluviando, se vive mejor. Se sueña más, y los bostezos están permitidos. La gente no alza el mentón si ve unas ojeras justificadas. Los días con sol… Son más bien malvados. La gente es malvada, y así, convierte los buenos días en días malvados.
El Zen y todo movimiento a su alrededor solo es otra inconsistencia falaz pero refinada. Se jacta de librar al ser de vínculos y ataduras… Solo le libra de deseos, no de necesidades. Sigue necesitando del otro. Quizá no de su intensidad, pero sí de su presencia. El caso único y verdadero, extremo por tanto, es el del anacoreta majadero, retirado del mundo y de sus placeres. Un Schopenhauer iletrado, consciente de que el mundo es el infierno, asentado en su idea de lo inútil de la existencia. Otro iluminado.




